Día Mundial de la Poesía
I.
Hoy es la cita: los sótanos del lenguaje
se abren como una taberna al alba.
Bajamos, tú y yo, y todos los que nombran
(desde Rosario, con su cuchillo de vértigo,
hasta Sor Juana, que trenza sus endecasílabos
con fustas de virreinato;
Pita, descalza sobre el león del escándalo,
y López Velarde, con su arcángel de provincia),
bajamos a la fragua donde el verbo
pierde su máscara y se vuelve múscula,
temblor de lengua que no es individual
sino colectivo,
mito recién nacido entre las jergas,
los grafitos, las sílabas que duermen
en el fondo de un vaso de mezcal.
II.
Es la conciencia humana haciendo su gesta:
no con espada sino con un endecasílabo
quebrado,
con un verso que nace en las estaciones del metro
y se lanza al vacío de la página.
Aquí, donde Isabel Zapata desmonta los afectos,
donde Mario Santiago rasga la noche
con su Jersey de insomnio,
la poesía no es un ornamento,
es un ethos:
una manera de habitar la herida,
de volverse colectiva como la lluvia
sobre los techos de Iztapalapa.
Avanzamos —tribu de nombres,
tinta en los dedos—
y cada poema es una piedra en la honda
que apunta al muro de lo inexpresable.
III.
Llegamos, entonces, a la plaza primera
—esa que no está en los mapas—,
donde el lenguaje es todavía un rumor
de océano, un código anterior a los códices.
Ahí están ellas: Cecilia Vicuña,
que desata el nudo del idioma con un hilo;
Alejandra, que contó su propia sombra
hasta volverla exacta;
y ellos: Juan Gelman, que hizo de la pérdida
un kaddish infinito;
Garcilaso, que aún navega por el Tajo
con un soneto en el bolsillo.
Todos confluyen,
porque la aventura de ser humano
es este vértigo compartido:
decir yo en plural,
fundar la patria en una sintaxis
que no excluya la grieta.
IV.
Y en el centro del círculo,
con las botellas alzadas como versos,
hacemos el brindis final:
por el verbo encarnado en las muchachas
que escriben su futuro en los muros,
por los ancianos que aún recuerdan
la décima que aprendieron de memoria
cuando la poesía era un pacto oral.
Brindamos, como Huerta,
con un ¡salud! que es un estallido,
y como Plaza, con el gesto grave
de quien sabe que la belleza
es también un deber.
La noche nos devuelve
nuestras voces multiplicadas,
y la conciencia —esa guerrera—
se sabe, por fin,
hecha de versos,
festejándose a sí misma
con el fuego del ron y la palabra.